Muchas veces he escuchado el dicho “cosechas lo que siembras”. La mayor parte de las veces lo tomaba como unas palabras que tomaría en cuenta en mucho tiempo más, pero ahora me percaté que en estos momentos estoy cosechando muchas de las cosas que hice.

La cosecha no siempre es lo que uno espera. A pesar de los esfuerzos que realizamos las cosas no siempre salen del todo bien, o bajo lo planeado. Cierta vez un profesor me comentó que un buen ingeniero no debe dejar detalles al azar, es decir, se deben tomar las providencias del caso si es que existen problemas en la planificación inicial. Ahora, asumiendo que siempre queremos tener bajo control gran parte de los aspectos de nuestras vidas, es interesante pensar en qué punto detenernos y dejar que ciertas variables no sean controladas… es decir, darle cierto grado de riesgo o incertidumbre a nuestra planificación.

¿Hasta qué punto podemos controlar nuestra siembra? En ocasiones existen pequeños detalles que marcan completamente nuestra siembra (por ejemplo, cuando conoces a una persona) para bien o para mal. Y a pesar de querer sembrar de manera correcta, no obtenemos los resultados esperados. Es decir, obtenemos una mala cosecha.

En particular he tenido una buena cosecha en estos días. Siento satisfacción porque de una siembra pequeña obtuve una cosecha grande; de hecho, ni siquiera sabía que había sembrado. Otras cosechas fueron acorde a lo esperado, y queda una buena sensación de gratificación. Se siente que estás haciendo bien las cosas.

En todo momento estamos sembrando nuestras semillas. Conocemos gente, tomamos decisiones, influimos en la conducta de otros, bromeamos en distintos tonos, afectamos nuestro entorno en general. Tomando en consideración este punto, y sabiendo que a futuro obtendrás una cosecha, ¿cómo actuarás?, ¿te será indiferente la cosecha?.

Por ahora mejor voy a dormir. Mañana seguiré sembrando buena semilla.

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